Hay un momento, antes de que aparezca la primera imagen, en el que simplemente me siento.
Abro una revista, miro mis papeles, recorro imágenes sin buscar demasiado. Y entonces algo llama mi atención. Una palabra. Una textura. Un color. Una mirada.
Recorto... y ahí empieza la conversación!
El collage tiene algo de conversación con una misma. Una conversación sin preguntas formuladas, sin respuestas correctas y sin necesidad de saber de antemano qué quiero decir.
Mientras busco imágenes, también me busco.
¿Qué me está llamando hoy?¿Por qué elegí esta imagen y no otra?¿Qué quiero poner acá?¿Qué pasa si pruebo esto, aunque no tenga demasiado sentido?
Entonces aparece algo que me encanta: el permiso para dejarme llevar.
Mover. Probar. Sacar. Volver a poner. Cambiar de idea. Seguir una intuición. Encontrar una imagen que no sabía que estaba buscando.
Durante un rato, el afuera queda en pausa.
No estoy pensando si va a gustar, si alguien va a entenderlo o si algún día voy a mostrarlo. Estoy ahí, con mis imágenes, mis manos y todo eso que todavía no tiene palabras.
Por eso muchas veces me siento a hacer collage.No necesariamente porque tenga algo para decir. A veces me siento a hacer collage para escuchar qué tengo para decirme.
Y quizás por eso cada collage es tan propio, incluso antes de convertirse en una obra. Porque antes de ser algo para mirar, compartir o mostrarle a alguien, fue un momento íntimo.
Una conversación entre una imagen, mis manos y yo.
Vale de Podría Ser